Una noche en Baysellance…
Como en esos cuadernos de viajes que grandes aventureros como Ramon de Carbonieres o el Conde Russell portaron en sus andanzas por el Pirineo yo escribí en el mío una noche antes de subir al Vignemale, en el Refugio de Baysellance, cuando ya nadie quedaba despierto, con un buen tazón de chocolate francés…
9 de septiembre de 2008
“…2650 metros en las fronteras de la nación aragonesa, en la Gavarnia más profunda. Ahora ya no hay norte más al norte, ya estamos en Francia, ya no existe referencia. Al oeste, el Petit Vignemale, y más al fondo, tras la densa y triste niebla francesa el Pic Longue, el último reducto de nuestro querido Conde Russell, romántico irlandés que supo ver en la soledad de sus montes su auténtica esencia. Comenzamos el lunes 8 la travesía, ya casi parece un mundo, y tan sólo fue ayer. Fue un día duro. Demasiado desnivel para un día, desde Torla, a San Nicolás de Bujaruelo y hasta arriba hasta Bernatuara, donde los viejos montes vinieron junto a nosotros a bostezar tras sus últimas luces. Sólo cuando faltan las palabras basta con contemplar desnudo, sin nada y sin pensar en nada, tan sólo contemplando el vacío abismal del silencio, el eco de la nada, el hálito del Dios tenebroso y fascinante, omnipotente de estas montañas. Un hálito frío, que corre de la Val, se escurre por sus cascadas de agua de espuma blanca y surca sus ibones de negro olvido desconsolados, cautivos en cortados insondables, gritos ahogados en la profundidad impenetrable de la noche. No hay expresión que extinga la realidad en una impronta al futuro, no hay imagen escrita capaz de expresar la profundidad eterna del abismo de este Vignemale, que cruje en silencio en la noche, que despeña el olvido por su Couloir de Gaube. Es agresiva realidad esta belleza que describo, y es auténtica belleza, armonía el perfil insólito en la noche. Ahora comprendo a esos románticos enamorados de este cielo. Ese perfil recortado, teñido de un hálito de ocaso, sesgado, amartillado por el relámpago lejano, inaudible y presente, guinda de este pastel de infinito. Soledad, viene a mí, y es aquí que quiero hallarla, en el negro cortado de sus grietas de azul profundo, hielo mortecino, agosto de las nieves que han dejado de asustar a tantos y se repliegan taciturnos, agonizantes con sus reclamos en el viento que atraviesan por sus collados. Soledad eterna, soledad de infinito…” S
Toavia tenemos pendiente una salida al monte e!! que no se te olvide!!
un abrazo
Toavia tenemos pendiente una salida al monte e!! que no se te olvide!!
un abrazo